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Coronavirus, una oportunidad para enmendarnos y dar valor a la tecnología

Detectores de emisiones, una herramienta para medir el efecto del coronavirus sobre la contaminación del aire

Parece complicado sacar algún tipo de lectura positiva de una crisis sanitaria como la del coronavirus. Al fin y al cabo, las enfermedades lo tiñen todo de gris, de tristeza, miedo e incertidumbre.

Pero la actual pandemia nos ha permitido atisbar cómo podría ser un mundo sin contaminación del aire. O, al menos, con unos niveles de emisiones contaminantes que no atentan contra la salud humana.

La necesidad de contener la expansión del virus nos obligó a echar el freno de mano de forma abrupta. De la noche a la mañana, tuvimos que paralizar la actividad económica y confinarnos en casa. Y fue esa medida de fuerza mayor, curiosamente, la que nos permitió descubrir que el cielo también es azul en ciudades como Delhi. Que las montañas siempre han estado ahí, pero estaban ocultas por la polución. O que en las grandes ciudades, cuando el ruido del tráfico cesa, también hay pájaros que cantan al amanecer.

La tendencia que vino del este

En febrero de 2020, a medida que el SARS-COV-2 se extendía por Asia, las fábricas comenzaron a cerrar y los coches se detuvieron. Los detectores de emisiones en las ciudades chinas o coreanas y los satélites desde el espacio comenzaron a reflejar una drástica reducción en los niveles de contaminación.

La tendencia en la reducción de los niveles de contaminación llegó a Europa. Primero, Italia, que vio cómo las concentraciones de NO2 se desplomaban. Luego, España, donde los sensores de calidad del aire tornaron sus colores al verde como señal de un descenso en las emisiones (los detectores de emisiones que instalamos en los puertos de Baleares también reflejaron el cambio).

Reducción de las concentraciónes de NO2 durante la crisis del coronavirus
Reducción de las concentraciónes de NO2 durante la crisis del coronavirus. Fuente: Agencia Europea Espacial

El patrón se repetía por todo el planeta: la calidad del aire mejoraba en aquellas zonas obligadas a detener su actividad diaria. Los medios de comunicación se empezaron a hacer eco de la noticia y miles de internautas dieron rienda suelta a todo tipo de elucubraciones: que si el virus era una venganza de la Tierra, que si el planeta estaba intentando “vacunarse” contra la especie humana, etc.

Pero, en realidad, si lo piensas detenidamente, es una situación que ha generado el propio ser humano. Llevamos años envenenándonos y no somos conscientes de las consecuencias.

La evolución del ser humano: una historia de segundas oportunidades

Por tanto y desde un punto de vista medioambiental, el coronavirus podría leerse como una oportunidad para reformular nuestro día a día y hacerlo un poco más sostenible. Una posibilidad para redefinir nuestra actividad diaria donde la tecnología pueda ser una herramienta de apoyo.

Durante semanas hemos vivido dentro de un enorme laboratorio en tiempo real que los sistemas de monitorización ambiental han reflejado con fidelidad. Nos hemos dado cuenta de la perniciosa relación entre tráfico y contaminación y de lo que ocurre cuando se propician medios de transporte más sostenibles. Hemos experimentado y comprobado que el teletrabajo puede reducir la necesidad de desplazarnos a diario hasta el puesto de trabajo. Incluso hemos visto que las consultas médicas por problemas respiratorios descienden cuando el aire está más limpio.

En China, donde la economía vuelve a producir casi a plena capacidad, la contaminación atmosférica se ha disparado, superando los niveles que se registraban hace un año.

Por favor, intentemos no emular al gigante asiático. Extraigamos algo positivo de esta dramática experiencia. Hagamos de los datos de calidad del aire y los detectores de emisiones la llave para plantear nuevas estrategias. Por lo que pueda pasar en el futuro. Por esos más de 8 millones de personas que cada año mueren de forma prematura por la contaminación del aire.